INCLUSIVIDAD, DOGMATISMO Y POLARIZACIÓN: POR QUÉ ESTAMOS YENDO HACIA ATRÁS

1. Introducción


Sólo existe el pasado, se repite una y otra vez. Jugadores nuevos en épocas nuevas con la esperanza de cambiar el resultado. —Wilhelm Zuchs, Hunters (2020)


Bueno, gente, es nochevieja. Con la llegada del año nuevo, quiero aprovechar para contar mis experiencias sobre lo que ha significado para mí vivir este 2025.

Voy a empezar diciendo algo claro: detesto hablar de política. Me parece un tema demasiado serio y delicado como para abordarlo sin información suficiente o sin una postura mínimamente reflexionada. No tengo interés en convertirme en otro opinador impulsivo más, de esos que usan las redes sociales para lanzar consignas o veneno sin matices.

Desde mi punto de vista, la política es como un jardín: todos tenemos uno, estamos bastante orgullosos de él y NO NOS HACE NI PIZCA DE GRACIA que venga cualquier hijo de vecino a invadírnoslo con el suyo propio.

Pero la situación ya tiene que estar realmente mal para que hasta alguien como yo —que siempre he preferido mantenerme al margen— perciba que algo no está funcionando.

Sé que este es un tema controversial para hablar de él de manera tan abierta y que seguramente me linchen por ello. O tal vez no porque simplemente a nadie le interese leerme o escuchar lo que tengo que decir. Pero me da igual.

Y es que en los últimos años he observado con creciente preocupación cómo ciertos movimientos que se presentan como progresistas han terminado generando justo lo contrario de lo que predican: exclusión, dogmatismo y división.

Durante mucho tiempo se nos ha repetido que vivimos una era más inclusiva, más consciente y justa que nunca. Sin embargo, cada vez más personas sienten —y no sin motivo— que algo se ha torcido por el camino. No porque la diversidad sea un problema ni porque la igualdad de derechos sea una amenaza, sino porque el discurso que decía defenderlas ha empezado a comportarse como aquello que prometía combatir. Lo que comenzó como un esfuerzo loable por la inclusividad en ámbitos como los videojuegos, los juegos de mesa o la cultura popular, se ha transformado en demasiados casos en una nueva forma de intolerancia.

Y este fenómeno no se limita al ocio. Se extiende a la política, a la convivencia cotidiana y a debates complejos como la inmigración, alimentando una polarización que nos hace retroceder en lugar de avanzar.

La inclusividad real no expulsa, no señala, no invalida al que discrepa. La inclusividad real amplía el espacio común.

Hoy, en demasiados ámbitos culturales, sociales y políticos, ocurre lo contrario: se decide quién puede hablar, opinar o participar en función de su identidad, su orientación o su grado de adhesión ideológica. Eso no es progreso; es discriminación selectiva con un vocabulario distinto.

2. De la convivencia al dogma


Las convicciones políticas son como la virginidad: una vez perdidas, no vuelven a recobrarse —Francisco Pi y Margall (1824/1901)



Durante décadas, muchos espacios —desde la cultura popular hasta el ocio, pasando por el debate político— funcionaban bajo una norma sencilla: si te gusta esto, puedes estar aquí. No era un sistema perfecto, pero sí permeable. La diversidad existía sin necesidad de ser exhibida como credencial moral.Recuerdo tiempos en los que los videojuegos y los juegos de rol, como Dungeons & Dragons, eran espacios de libertad creativa. Podías crear personajes de cualquier orientación, género o trasfondo sin que nadie te juzgara. Títulos como Dragon Age: Origins o Mass Effect incluían opciones románticas diversas de forma orgánica, sin alardes ni sermones. Era inclusividad natural: jugabas lo que querías, sin presiones ni etiquetas.

Hoy, en cambio, la pertenencia se mide por alineación. El desacuerdo ya no se percibe como parte normal de la convivencia democrática, sino como una falta ética. Criticar una obra cultural puede convertirte en “enemigo”. Establecer límites personales puede hacerte sospechoso. Cuestionar una estrategia política te coloca automáticamente en el bando equivocado.

Ya no se trata de escuchar o debatir, sino de clasificar.

¿Quién es el tóxico aquí? No quien defiende sus límites personales o prefiere entretenimiento sin sermones, sino quien utiliza la “inclusividad” como arma para silenciar la disidencia. Eso no incluye: excluye. Y el resultado son comunidades fragmentadas, donde la diversión, el diálogo y la creatividad se sacrifican en nombre de una virtud más performativa que real.

3. Idealismo sin suelo


Locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando un resultado diferente —Anónimo


El idealismo es necesario. Marca horizontes, señala injusticias y nos recuerda qué tipo de sociedad queremos construir. Pero el idealismo, por sí solo, no da de comer, no paga alquileres ni garantiza estabilidad.

Cuando un proyecto político se obsesiona con el discurso simbólico y descuida las condiciones materiales de vida de la mayoría, deja de representar y empieza a aleccionar. Y cuando, además, trata con desprecio a quienes fueron sus votantes, vecinos o aliados iniciales —acusándolos de ignorancia, intolerancia o mala fe— no pierde solo apoyos: pierde legitimidad moral.

En España hemos vivido durante décadas una convivencia relativamente estable con la inmigración, colaborando como vecinos y enriqueciendo nuestra sociedad en muchos aspectos. Sin embargo, el crecimiento rápido y mal gestionado de la población inmigrante en los últimos años ha generado tensiones reales que no pueden ignorarse.

Las estadísticas oficiales muestran que, en determinados tipos de delito y contextos urbanos concretos, existe una sobrerrepresentación de población extranjera. Este hecho, por sí solo, no convierte a la inmigración en un problema ni define a un colectivo entero, pero sí exige análisis honesto. A menudo, estos conflictos tienen menos que ver con el origen cultural y más con factores como la precariedad, la falta de integración efectiva, la saturación de servicios públicos, el hacinamiento o la ausencia de mediación institucional.

Reducir todo a “racismo” o “xenofobia” no soluciona nada. Al contrario: bloquea cualquier debate serio y deja el terreno abonado para discursos extremos. Lo paradójico es que muchos de los más perjudicados por esta situación son los propios inmigrantes que intentan integrarse y vivir de forma honrada, atrapados entre la desconfianza vecinal y el abandono político.

Exigir integración no debería ser polémico. En otros países asumimos que adaptarnos a normas y costumbres es parte del contrato social. Aquí, plantearlo suele traducirse en etiquetas automáticas. Ignorar estas preocupaciones no las hace desaparecer: las amplifica.

4. Polarización política: la democracia que se nos escapa


Lo que sabemos es una gota de agua; lo que ignoramos es el océano —Sir Isaac Newton (1643/1727)


Esto nos lleva al núcleo del problema. Una parte significativa de la izquierda política, convencida de su superioridad moral, ha empezado a tratar con desprecio a sus propios votantes históricos cuando expresan dudas o prioridades distintas. Se culpa a la “extrema derecha” del ascenso de partidos como Vox, pero rara vez se analiza qué vacío se ha dejado en temas tan básicos como economía, seguridad o convivencia.

Después llegan los lamentos. Que si “la extrema derecha gana terreno porque la sociedad se ha vuelto más intransigente”. No. Gana terreno porque otros han dejado de ofrecer razones concretas para creer en ellos. En ese vacío, la gente no vota mejor ni peor: vota distinto, a veces con esperanza, otras simplemente por cansancio.

La polarización ya no es una abstracción. Estudios recientes muestran cómo cada vez más personas evitan hablar de política para no discutir, rompen relaciones personales o viven tensiones familiares constantes. La crispación se ha normalizado.

Conviene decirlo con claridad: no se trata de defender a la derecha ni de demonizar a la izquierda como un bloque homogéneo. Ambos espacios están formados por personas, y las personas son falibles. Ha habido corrupción, abusos de poder y tráfico de influencias en ambos lados del espectro político. Fingir lo contrario no es compromiso ético: es sectarismo.

El problema surge cuando solo unos son considerados “los malos”, mientras los errores propios se justifican, se minimizan o se silencian. En ese punto, la democracia deja de ser un espacio compartido y se convierte en un relato moral donde solo cabe la adhesión incondicional.

Hubo un tiempo —no ideal, pero sí más sano— en el que la democracia significaba convivir con quien pensaba distinto, colaborar pese a las diferencias y asumir que nadie tenía el monopolio de la verdad. Ese espíritu se está perdiendo, sustituido por una lógica de trincheras donde el adversario ya no es un ciudadano con el que convivir, sino un problema a erradicar.

5. El verdadero retroceso


Señores, ya no aguanto más. Voy a serles franco: ¡estoy hasta los cojones de todos nosotros! —Estanislao Figueras (1819/1882)


Al final, lo que echo de menos es el sentido común: una inclusividad real que respete límites, políticas que aborden problemas cotidianos sin dogmas, y diálogo en lugar de etiquetas. El idealismo es bonito, pero no paga facturas ni resuelve la inseguridad. Cuando un lado ignora eso y desprecia a quien discrepa, no debería sorprender que la gente busque alternativas.

Lo verdaderamente inquietante no es el avance de unos u otros, sino la normalización del desprecio. Usamos lenguaje moderno, tecnología avanzada y consignas progresistas para reinstalar comportamientos muy antiguos: señalamiento, purga simbólica y miedo a hablar.

Eso no es avanzar hacia el futuro: es caminar hacia atrás con los ojos vendados.

Quizá la pregunta no sea quién gana elecciones, sino qué estamos perdiendo mientras tanto. Porque sin pluralismo, sin autocrítica y sin un mínimo respeto por el desacuerdo, lo que queda ya no es democracia: es una comunidad rota que solo sabe reconocerse en el enemigo.

6. El mundo de ayer y hoy...


La sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría —Jose Mario Bergoglio (1936/2025)


Esta es la parte (si es que habéis llegado lo bastante lejos) donde os preguntaréis: vale, plasta ¿Y esto a cuénto de qué viene? Si habéis sido pacientes, procederé a contarlo a partir de este punto. Porque todo esto que he expuesto hasta ahora no es sin motivo o causa: todo lo explicado es un síntoma de algo que se está infiltrando hasta en nuestro mundo de entretenimiento. Donde queremos tener un momento de paz de la sociedad, tenemos ahora un sitio donde ni siquiera puedes relajarte o tener escapismo del mundo real. NI SIQUIERA ESO.

Sé que voy a sonar como un viejo amargado y nostálgico, pero es mentira. Y creo haber expuesto bien mis pensamientos y argumentos sólidos sobre el tema.

Antes, los 90 y 2000 eran pura magia: experimentación loca, riesgos creativos, juegos completos al lanzamiento sin parches eternos ni DLCs obligatorios. Estudios medianos sacaban joyas como Half-Life, Metal Gear Solid o Resident Evil que definían generaciones. Era guay porque se sentía pasión pura, no solo números.

Ahora... Uf. Ha cambiado, y mucho: más grande, más codiciosa, más inestable... Las corporaciones mandan: presupuestos inflados en tiple A que cuestan cientos de millones, pero salen incompletos, con micro transacciones agresivas, battle passes y live service que priorizan retenerte para siempre en lugar de darte una experiencia finita y memorable. Estos últimos además fallan uno tras otro (Concord, Suicide Squad...), pero siguen insistiendo porque unos pocos como Fortnite o Genshin Impact imprimen dinero. Resultado: estancamiento creativo, secuelas interminables y remakes porque "es seguro".

Y ni hablemos de los despidos masivos: desde 2022 hasta 2025, más de 45.000 puestos perdidos. Estudios cerrados, equipos destrozados, mientras ejecutivos se llevan bonos millonarios. 2025 ha sido brutal, con ventas de consolas en su peor noviembre desde 1995. La gente se pasa a PC (Steam es pro-consumidor, ports a cascoporro) o indies, porque los triple A decepcionan demasiado.

Hasta lo poco bueno no compensa todo lo malo. Títulos como Clair Obscur: Expedition 33 barriendo premios (aunque le fuera retirado el premio de los Indie Awards por pura envidia; a mí que no me jodan), Blue Prince como puzle del año (al cual le dieron el premio pese a usar IA como acusaron a Expedition 33, lo cual prueba mi argumento), Hades II, Death Stranding 2, indies brillando como nunca... Los estudios pequeños y medianos están haciendo todo lo posible para salvar el alma de la industria con creatividad real, sin codicia corporativa.

Me encantó Clair Obscur (de hecho, lo estoy alargando todo lo que pueda para que no se acabe aún porque estoy en el tramo final de la historia) y me gustaría ser positivo y pensar que las cosas mejorarán en el futuro. Pero no sé; lo poco bueno no parece mostrar la luz al final del camino. Más bien veo sólo oscuridad.

Me encantaría tener esa positividad de que todo va a mejorar, pero me temo que mientras siga importando más lo "políticamente correcto" (o woke o DEI o como quieran llamarlo; etiquetas no le faltan), donde se prioriza llenar sus casillas de lo que está bien y lo que está mal sobre historias que conecten sobre todo lo demás, nada cambiará.

En videojuegos, ves fracasos masivos como los ya mencionados Suicide Squad, Concord o ciertos Assassin’s Creed porque meten agendas forzadas (especial mención al Shadows y “Bugisoft” siguiendo conque no han aprendido absolutamente nada): personajes con pronombres al frente, diversidad simbólica que no suma al lore, villanos que son "malos" por ser "tóxicos machistas" en vez de amenazas épicas...

Y los números no mienten: ventas de consolas en noviembre de 2025 fueron las peores DESDE 1995, con hardware cayendo 27% y Xbox un -70% ¿Y los despidos? Más de 45.000 desde 2022, y 2025 no para: Microsoft, Embracer, Ubisoft despidiendo a miles mientras ejecutivos se forran... ¿Por qué? Porque el público vota con la cartera, y rechaza sermones.

Y esto no es sólo en los videojuegos, sino en el entretenimiento en general. Ni siquiera Dragones y Mazmorras se salva de que ahora importe más la orientación sexual de uno, qué pronombres usa, cómo se identifica... Lo suyo ya es el colmo: Wizards of the Coast ha convertido un juego de mazmorras épicas en un manual de sensibilidad. Cambios en 2024-2025 incluyen cambiar "raza" por "especie" para "no ofender", quitar alineamientos malignos fijos a orcos/goblins ¡Porque son "estereotipos"!

Luego tienes chorradas como sillas con ruedas en combate de alta fantasía (¿La magia cura todo menos eso? Pensaba que ya habíamos visto suficiente de esa historia en WoW). Arte pastel, inclusividad forzosa que lo hace ver como un café acogedor en vez de un infierno subterráneo. Las críticas en este aspecto son masivas: "locura woke", ventas estancadas, jugadores migrando al renacimiento de la vieja escuela con Advance Dungeons & Dragons o Pathfinder (que mantiene su filo aunque tenga algo de DEI).

Todo esto, sinceramente, me parece que está segregando más a la gente que unirla: divide la mesa entre "puristas" que quieren matar dragones sin lecciones morales y turistas que buscan espacios seguros.

He oído en podcast y vídeos y leído en blogs ya un par de historias donde jugadores han saltado en la vida real llamando a otros jugadores o al DM "intolerantes" y "sexistas" por el hecho de que la aventura no se conecta a sus gustos adecuados (por ejemplo, una donde una jugadora intentaba ligar con su personaje femenino con otro personaje femenino y ella la rechazaba educadamente cuando salta porque intenta ligar con otro chico tildando a su personal -y por extensión también a ella- de intransigente e intolerante, A GRITO PELADO).

La famosa mentalidad de "todes tienen que cambiar para adaptarse a mis necesidades" ya me harta y creo que es tan mala como la opuesta porque son prácticamente lo mismo si cambias una cuestión por otra. Una actitud sinceramente tóxica y oscura. Si te quejas luego quedas tú como el racista de marras, y añadiré algo más al respecto que creo sinceramente: lo de fuera me importa un comino, pero si por dentro eres una mierda, el exterior importa poco. Y usarlo como arma para salirte con la tuya demuestra claramente eso.

Y eso que este último mes Critical Role parece estar arrasando con sus series de The Mighty Nein y Legend of Vox Machina y el videojuego de Dispatch en el que también colaboró (y de la cual espero una segunda parte); elogios por animación, humor, fidelidad a la campaña D&D original (con toques maduros, no edulcorados), Legend of Vox Machina sigue fuerte, renovada para más temporadas ¿Y Dispatch (el videojuego donde colaboraron)? Éxito rotundo en 2025: acción-RPG superheroico con narrativa profunda, y ahora planean secuela más conexión con Exandria (su mundo personalmente creado por ellos).

¿Por qué funciona? Porque prioriza personajes carismáticos, aventuras épicas y fanservice sin forzar agendas. Es D&D "puro": inadaptados, caos, redención... Sin pronombres obligatorios ni DEI consultantes de por medio. Sus campañas de Mighty Nein remasterizada o Vox Machina arrasan porque priorizan aventuras épicas, personajes complejos con traumas reales, humor crudo y drama orgánico... Sin forzar checklists DEI ni sermones. Tienen representantes queer natural (porque los actores lo viven de verdad, no por cuota), pero nunca sacrifican la historia por "mensajes". Por eso no les llueve tanta mierda "woke" como a WotC, que en 2025 sigue con cambios blandos (quitar rasgos raciales fijos, trigger warnings, arte pastel) que muchos ven como "inclusión" pero que diluye ese regusto fantástico.

Y no sólo está en el mundo entretenimiento, sino también de la salud personal.

7. ...Y el que nos espera


A una colectividad se le engaña siempre mejor que a un hombre —Pío Baroja (1872/1956)


Voy a dejar otra cosa muy clara sobre esto porque sé que es algo muy delicado hoy en día: soy consciente al 100% de que Hollywood y la industria del cine y la publicidad han generado estándares de belleza durante años, creando una imagen retorcida e insalubremente falsa de las personas con personajes tremendamente atractivos y de apariencias determinadas, lo cual puede tener un efecto negativo en las personas (especialmente en las mentes jóvenes).

Y lo sé bien: tuve clases de publicidad en mi carrera de periodismo en la universidad y nos mostraron a mí y a todos los estudiantes lo que significaba este mundillo en realidad. Retoques por Photoshop, sesiones de entrenamiento brutales para subir o bajar peso, horas interminables de maquillaje... Y la respuesta no puede ser invertir la polaridad y ahora glorificar la obesidad mórbida como si fuera un acto de resistencia heroica. Porque no lo es. Es igual de tóxico, solo que ahora el daño viene envuelto en lenguaje de body positivity que, en su versión extrema, disuade a la gente de cuidarse.

Y no lo digo por ser "gordofóbico", porque no lo soy (término que me parece estúpido; otra vez volemos con la excusa perfecta para desarticular a alguien sin dar argumentos en esta generación de cristal). De hecho, soy gordo y tengo un problema de obesidad que tengo que combatir con ejercicio diario y dieta para evitar problemas cardíacos, pues de pequeño tuve un soplo de corazón que ya se me curó, pero de pequeño me quedaba sin aire en segundos tras ir corriendo en el patio de la escuela. Pero irse al otro lado es igual de malo que apoyar la ideología de canon de belleza hollywoodiense.

El problema es que el discurso actual extremo ha convertido la salud en algo “políticamente incorrecto”. Decir “oye, bajar de peso puede salvarte la vida” se interpreta como ataque personal. Y no: es preocupación real. Igual que decirle a un fumador empedernido “eso te va a matar” no es “tabacofobia” sino sentido común. Lo peor es que este extremo también genera sus propios complejos: gente que se siente culpable por querer adelgazar, o que recibe odio por compartir su progreso en el gimnasio porque “estás perpetuando estándares tóxicos”. ¿En serio? ¿Ahora cuidarte es malo?

Y me fastidia mucho.

Sólo hay extremos, no equilibrio, como ya he dicho antes. Tenemos que encontrar un equilibrio en esto para seguir con nuestras vidas, por favor; no irnos al otro lado en demasía. Porque al final esto demuestra que tanto un lado como otro son la misma mierda pero con distinto olor; lo único que cambia son las etiquetas y las creencias.

Irse a los extremos no es bueno. Tanto de un lado como del otro. Y al final, la toxicidad viene de ahí: tanto la intransigencia real (que existe, claro) como el "activista" que no tolera disidencia roleplay.

Por todas estas mismas razones y todo lo expuesto, tengo que decir:

Esto NO está bien.

Y me dirán intransigente, racista y lo que sea, si... Pero dejadme preguntar a esas personas: asi que el mundo no es como queréis que sea, ¿de verdad creéis que actuando de esta manera arreglaréis algo? ¿Que convenceréis a aquellos en el poder o en la sociedad de reconsiderar su decisión de no aceptar vuestra visión? ¿Qué podéis forzarlo? No es lo correcto, no ayuda y no está arreglando nada. Lo peor de todo es que los mismos que promueven esta clase de discursos ni siquiera se lo toman en serio: para ellos es sólo otra manera de ganar votos.

En España lo vemos claro: llevamos años con los mismos partidos rotando poder —PP, PSOE, Vox, Sumar…— y nada cambia sustancialmente. Las etiquetas sí, los resultados no. Si queremos cambio de verdad, hay que currárselo. Y el cambio no se impone: cuando tu opción pasa a ser la única permitida, deja de ser una opción. Al final os convertís en el monstruo que decíais combatir. Asi que en lugar de lamentaros por lo que no tenéis, apreciad lo que sí. Aprended a argumentar, a ceder, a negociar, a incluir de verdad en vez de favorecer a unos sobre otros. Porque cuando apoyáis a unos sobre otros (y lo estáis haciendo, no digáis que no), no estáis siendo inclusivos: estáis apoyando el favoritismo. Sed la mejor elección, no la única. Es difícil, sí, pero lo importante nunca es fácil.

Vuestras decisiones de hoy afectarán al futuro. Las personas tienen derecho a elegir y a discrepar sobre que algo ¿Qué haréis si mañana alguien os desafía? ¿Lo silenciaréis? Estas cosas, todas estas cosas, os deberían importar. Me duele ver a la sociedad tan dividida por cuestiones que, en el fondo, podríamos resolver con un poco más de empatía y menos dogmatismo.

Tal vez exagere, pero por cosas más pequeñas se ha empezado. Mirad Nelson Mandela: el primer presidente negro en Sudáfrica que sufrió de primera mano el Apartheid. En África, donde la población es mayoritariamente negra. Cambió el destino de su país y seguramente del continente entero. Todos esperaban venganza, que expulsara a los blancos. En cambio, los perdonó e integró. Construyó un país unido en lugar de dividido. Su caso fue excepcional, pero precisamente por eso sigue siendo un ejemplo. Si, su caso fue extraordinario y no todos han hecho ni han podido llegar a hacer lo mismo a lo largo de la historia. Pero no cambia nada: sigue siendo excepcional.

Ojalá aprendiéramos de él: menos revancha, más reconciliación.

Pero en fin, esto se ha prolongado suficiente y ya tengo la sensación de estar repitiéndome en lo que he estado diciendo (me pasa a veces), asi que sin más dilación:

¡FELIZ NOCHEVIEJA Y FELIZ AÑO NUEVO A TODOS!

Que algo me dice que falta nos va a hacer.

...

Ah, y una cosilla más que quiero dejar clara: todo esto que he expresado, todo lo que he dicho

SE APLICA EXACTAMENTE IGUAL A UN LADO QUE A OTRO

(Por si alguien quiere emplearlo para llamarme facha, nazi o zurdo de mierda, ahí queda)

Comentarios

Entradas populares