El "Efecto Gilroy" ¿Quién es el Imperio? La peligrosa moda de gobernar disfrazado de Rebelión

Hace unas semanas, durante la gala de los Premios Peabody 2026, Tony Gilroy subió al escenario para recoger el galardón por Andor, la aclamada serie del universo Star Wars. Estas fueron sus palabras:

Hemos pasado seis años contemplando una toma de poder fascista en una galaxia muy, muy lejana. Seis años pensando en qué les sucede a los seres comunes cuando un régimen autoritario, insano e incontrolado entra en escena, y la serie es en realidad algo así como lo que aprendimos de esto. Si no estás dispuesto a luchar por las cosas que amas (tu familia, tu comunidad, tu cultura, tu planeta, tu verdad, tu libertad) hay siempre un imbécil listo para entrar y arrebatártelo. Aprendimos que la valentía, el sacrificio y la resistencia vienen en todas las formas y tamaños, y que el valor es contagioso. Hay tantas cosas pasando en el mundo... Es una manguera de mierda de la que simplemente no puedes salir. Y aquí estamos. No pasa una sola noticia en este momento que no contenga una variedad de ultrajes que en cualquier otro momento de nuestra historia en América no serían motivo de traición. Por favor, no paréis. Por favor, no apaguéis las luces hasta que podamos matar esta pesadilla…

Su discurso culminó con un grito de guerra que resonó en redes sociales: Por favor, no apaguéis las luces hasta que podamos matar esta pesadilla… ¡Y que se joda el Imperio!

Para una gran parte de la audiencia, las palabras de Gilroy fueron un acto de valentía y un fiel reflejo del sentir de una época marcada por la polarización. Sin embargo, para quienes analizamos el declive de la democracia liberal y el auge de los discursos populistas, el momento dejó un regusto amargo. Se produjo lo que podríamos llamar la "paradoja del creador": ¿cómo es posible que la mente detrás de la obra de ciencia ficción política más madura, gris y compleja de las últimas décadas caiga en el binarismo más plano y reduccionista al hablar del mundo real?

Vamos a ser sinceros y admitir una gran realidad: la ciencia ficción lleva décadas utilizando mundos ficticios para comentar nuestro presente, si. Eso es innegable. El problema no es que exista un mensaje político en el entretenimiento; el problema surge cuando los creadores asumen que la realidad se puede dividir de forma matemática entre héroes y villanos, y que cualquiera que discrepe de su visión pertenece, automáticamente, a las filas del "Imperio".

El guionista contra el ciudadano

Lo irónico de la situación es que Andor triunfó críticamente precisamente porque evitó el maniqueísmo clásico de Star Wars. La serie trató a los espectadores como adultos. No se limitó a decirnos quiénes eran los buenos y quiénes los malos; nos mostró las tripas de los sistemas de poder.

Por un lado, el Imperio no estaba compuesto por monstruos de cómic, sino por burócratas aburridos y eficientes como Syril Karn o Dedra Meero, personas obsesionadas con el orden y la seguridad que creían genuinamente estar haciendo lo correcto. Por el otro, la Rebelión se nos presentó desprovista de misticismo: una amalgama de facciones donde convivían políticos pragmáticos, idealistas ingenuos y extremistas peligrosos como Saw Gerrera. Personajes como Luthen Rael nos recordaron que, para combatir a un régimen autoritario, la resistencia a menudo se ve obligada a cometer actos atroces y a sacrificar sus propios principios.

Ese es el Gilroy guionista: un cirujano de la narrativa política que entiende que el autoritarismo es un proceso lento de erosión institucional y complacencia social.

Sin embargo, el Gilroy ciudadano que subió al estrado de los Peabody pareció olvidar su propio guion. Al describir los acontecimientos políticos actuales como una "pesadilla" y equiparar a sus adversarios con el fascismo imperial, redujo la complejidad de la realidad a una lucha absoluta entre el bien y el mal. Cuando se empieza a llamar "traidor" o "fascista" a cualquiera que piensa diferente, ya no se está defendiendo la salud democrática; se está dinamitando el puente del debate.

Gobernar desde la "Resistencia": El juego de pasar la pelota

Este binarismo de "Rebelión contra Imperio" no es exclusivo de los creadores de Hollywood; se ha convertido en la estrategia de comunicación predilecta de la política moderna. Asistimos a un fenómeno tan curioso como preocupante: el espectáculo de gobiernos en el poder que actúan y hablan como si fueran la oposición.

En un sistema democrático saludable, quien gobierna asume la responsabilidad de la gestión, rinde cuentas y asume las consecuencias de sus errores. Hoy, sin embargo, la pelota de la culpa nunca deja de rodar. Es habitual ver a ejecutivos con plenos poderes justificar su falta de resultados o sus excesos argumentando que están luchando contra un "Imperio" invisible y omnipotente: las élites, los tribunales, los medios de comunicación o una oposición a la que retratan no como un rival legítimo, sino como una amenaza existencial.

Esta estrategia es brillante en términos de propaganda, pero letal para la democracia liberal. Al adoptar la estética del desvalido que resiste al sistema, los gobernantes logran dos objetivos: primero, inmunizarse contra la crítica (cualquier fiscalización a su gestión se etiqueta como "un ataque del Imperio"); y segundo, mantener a su base social en un estado de alerta y movilización constante.

La ironía vuelve a ser brutal si miramos a la pantalla. En Andor, el senador Mon Mothma se mueve en las sombras porque el Senado imperial es una farsa vacía de poder real. En el mundo real, son precisamente quienes ocupan las instituciones democráticas los que a menudo las vacían de contenido, alegando que necesitan saltarse las normas para "salvar a la república" de sus enemigos. Cuando el propio poder se disfraza de contrapoder, el ciudadano queda completamente indefenso.

La verdadera lección de Andor (y el Monopoly de la virtud)

Como señalé en mi artículo sobre el fin de la democracia liberal, el verdadero peligro que afrontamos no es simplemente el ascenso de una u otra ideología, sino la degradación de las reglas del juego. Las instituciones no suelen caer por un golpe de Estado dramático; se erosionan silenciosamente cuando la política deja de ser un espacio de convivencia y negociación para convertirse en una guerra de trincheras morales.

Mucha gente aplaude discursos como el de Tony Gilroy porque asumen, de manera automática, que ellos son los "buenos" de la película. Creen que esas advertencias contra el autoritarismo van dirigidas exclusivamente a "los otros". Pero la gran lección que nos deja Andor es que el peligro del autoritarismo es universal y no tiene carné de partido.

La serie no nos dice "mis enemigos son el Imperio". La serie nos dice: desconfía de cualquiera que crea tener el monopolio de la verdad y la virtud, porque es precisamente bajo esa premisa como se justifican los mayores abusos de poder. Si para derrotar a tu adversario político necesitas adoptar los métodos, la censura y la deshumanización del "Imperio", entonces la victoria es una ilusión. Te has convertido en lo que juraste destruir.

La ciencia ficción y el arte funcionan mejor cuando apelan a principios universales —la resistencia frente a la tiranía, la corrupción del alma a través del poder, la pérdida de libertades— que cuando intentan reducir la infinita complejidad de la realidad a un burdo "nosotros contra ellos".

Si el mensaje de Andor es que debemos mantenernos vigilantes y resistir al poder cuando este abusa de los ciudadanos, la lección es impecable y atemporal. Pero si el mensaje que extraemos es que media población es el Imperio y merece ser derrotada a cualquier precio, entonces la paradoja es completa: habremos apagado las luces de la democracia liberal pretendiendo salvarla de la noche.

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