La Historia no es un lienzo en blanco
Cada vez que oigo o leo artículos de gente quejándose de que la franquicia de Warhammer 40K no es lo suficientemente inclusiva (y eso que últimamente está teniendo sus pinitos, como Wizards of the Coast con DND y Magic The Gathering), frunzo el ceño en señal de desaprobación. Personalmente, creo que esa discusión pasa por alto aspectos fundamentales del propio universo.
Oficialmente hablando en esta franquizia de guerra, el Imperio de la Humanidad no es un faro de virtud ni una utopía sino una teocracia oligárquica, xenófoba y profundamente autoritaria y los Marines Espaciales que conforman su ejército son superhumanos fanáticos modificados genéticamente, adoctrinados hasta el extremo y leales al Emperador-Dios hasta la muerte. No creo que sea el mejor ejemplo para promover un movimiento que se supone aboga por la iguladad y la inclusividad, pues resulta ser todo lo opuesto a lo que significa que es. Es más, me parece algo muy negativo de usar para transmitir el susodicho mensaje.
De acuerdo que el Imperio no es "fascista" en el sentido histórico estricto (es más una teocracia oligárquica feudal con toques totalitarios, además de una sátira oscura a esta clase de movimientos), pero sí tiene todos los rasgos que la gente asocia con regímenes opresivos extremos: purgas, inquisición, propaganda, odio al diferente, culto al pasado y sacrificio masivo de individuos por la "supervivencia de la especie"... No digo que no pueda tener personas de distintas etnias o géneros. De hecho, cuenta con batallones enteros formados exclusivamente por mujeres como las Hermanas del Silencio o las Adepta Sororitas, mujeres soldado con enorme poder militar y religioso.
Pero una vez más: no son una representación de valores liberales contemporáneos.
Son motivaciones completamente distintas. De hecho, una de las ironías centrales de Warhammer 40K es precisamente que casi nadie es "el bueno"; el universo está diseñado para que incluso las facciones más humanas sean moralmente cuestionables. Intentar extraer de ahí un mensaje político simple y positivo suele chocar con la naturaleza satírica y pesimista del escenario.
Pero Warhammer no es historia, asi que podemos aceptar, hasta cierto punto, modificaciones determinadas para adaptarse a los tiempos que corren. Sobre todo teniendo en cuenta que es un negocio y tiene que adaptarse a los tiempos cambiantes del mercado para subsistir.
¿A dónde quiero llegar con todo esto?
No he podido evitar darme cuenta, y seguramente no seré el único, que cada cierto tiempo en esta época actual que vivimos, surge una nueva polémica relacionada con una película, serie o videojuego basada en hechos históricos reales que altera personajes históricos, modifica contextos culturales o reinterpreta épocas enteras en nombre de la representación moderna. Ya sea en determinadas adaptaciones de Cleopatra, en reinterpretaciones de figuras medievales o en recreaciones muy libres de acontecimientos históricos.
El debate suele degenerar rápidamente en acusaciones mutuas: si criticas estos cambios eres un reaccionario; si los apoyas eres un propagandista. Sin embargo, el verdadero problema es mucho más profundo. Y es que la historia no es un lienzo en blanco sobre el que proyectar nuestros valores actuales.
Esto no significa que debamos glorificar el pasado, todo lo contrario de hecho. La Historia está llena de guerras, esclavitud, fanatismo religioso, racismo, xenofobia, sexismo y persecuciones de toda clase. Pero precisamente por eso es tan importante estudiarla con honestidad: porque nos permite comprender cómo surgieron estos problemas y cómo generaciones enteras lucharon para combatirlos.
Cuando una obra histórica altera sistemáticamente elementos fundamentales del pasado para adaptarlos a sensibilidades contemporáneas, corre el riesgo de transmitir una idea equivocada: que nuestras sociedades actuales siempre estuvieron ahí, esperando ser descubiertas.
No es así.
Los derechos civiles fueron conquistados mediante décadas de lucha. El sufragio femenino no apareció de forma espontánea. La abolición de la esclavitud no fue inevitable. La igualdad ante la ley no fue un regalo. Fueron logros obtenidos por personas reales que se enfrentaron a sistemas profundamente injustos.
Por eso resulta paradójico que, en ocasiones, se pretenda homenajear esas luchas alterando precisamente el contexto histórico que les da sentido cuando la historia no necesita ser corregida para inspirarnos.
Tenemos ejemplos reales de valentía, sacrificio y progreso. Tenemos a las sufragistas que lucharon por el voto femenino. Tenemos a quienes combatieron la segregación racial. Tenemos a quienes se opusieron a regímenes totalitarios y sistemas de opresión cuando hacerlo podía costarles la libertad o la vida.
Sus historias son poderosas precisamente porque ocurrieron en un mundo imperfecto.
Por supuesto, la ficción siempre ha tomado libertades creativas. Reconozco que la ficción histórica siempre ha reinterpretado el pasado y que la representación de grupos históricamente olvidados puede tener valor narrativo o educativo. Shakespeare lo hizo. Hollywood lo ha hecho durante décadas. Nadie espera que toda producción histórica sea un documental académico. Pero hay una diferencia entre simplificar acontecimientos para construir una narrativa y transformar sistemáticamente el pasado para acomodarlo a un mensaje contemporáneo.
Aun aceptando eso, sigo creyendo que existe una diferencia entre recuperar historias olvidadas y modificar hechos bien documentados.
La cuestión no es si debemos combatir el racismo, el sexismo o la intolerancia. Debemos hacerlo. Siempre.
La cuestión es si podemos hacerlo sin perder el respeto por la realidad histórica.
Porque esos problemas no son monstruos derrotados hace tiempo. Siguen existiendo. Y probablemente seguirán existiendo mientras exista la humanidad. La lucha contra ellos no tiene una victoria final ni una última batalla. Es un esfuerzo permanente que cada generación debe asumir.
Precisamente por eso necesitamos la historia real: no para sentirnos moralmente superiores a quienes vivieron antes que nosotros, sino para aprender de sus errores, comprender sus circunstancias y continuar una lucha que comenzó mucho antes de que naciéramos.
La historia no necesita ser reescrita para enseñarnos una lección. La lección ya está ahí.
Cambiar un universo ficticio es una cosa que puede gustar o disgustar a sus seguidores, pero siempre puede cambiar eventualmente. Pero cambiar nuestra percepción de la Historia es algo distinto, porque afecta a la manera en que comprendemos el pasado, interpretamos el presente y enseñamos a las generaciones futuras. Y eso sí que es grave.
Recuperar historias reales olvidadas también forma parte del trabajo histórico. No todas las críticas a la representación son intentos de reescribir el pasado; a menudo son esfuerzos legítimos por rescatar voces que durante mucho tiempo fueron ignoradas. El problema aparece cuando la recuperación de esas voces se sustituye por la modificación de hechos conocidos y documentados.


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